en cabina

 

Horas continuas, muchas, en la cabina de pasajeros de un avión comercial es una experiencia particular. Es convivencia forzada, una situación que cada uno maneja distinto: Desde el aislamiento del que se encierra en un libro, un computador o unos audífonos, hasta la conversación fluida. Desde el temor de algunos, viajen o no por primera vez, hasta la indiferencia de otros.

En ese entorno encontré a una de las personas más importantes de mi vida a 15 mil pies sobre el Atlántico, en ruta a París. Yo iba a visitar amigos, él iba a participar en un congreso.

Viajando sola, sin interés en la película ni en el libro que llevaba, me dediqué a observar a los pasajeros… que siempre me resulta interesante, revelador. Estaba sentado al otro lado del pasillo, difícil identificar su procedencia, debía tener más de treinta, quizás cuarenta, de raza blanca, vestido cómodamente, leía un libro en inglés pero hablaba en francés con la aeromoza.

Me confieso creyente en que los encuentros no son fortuitos. Circulamos en el mundo con diferente movilidad, pero estamos siempre en la búsqueda y los encuentros son un resultado.

Yo estaba entusiasmada por la perspectiva de mis vacaciones y algo aburrida por la soledad entre una profunda durmiente y el pasillo. Advirtió que lo miraba y sonreí algo avergonzada. “¿Viaja sola?” preguntó en castellano y allí iniciamos una conversación que nos llevó desde nuestros destinos y la razón del viaje, hasta nuestros trabajos y lugares de residencia… y que lleva años.

Nuestros caminos se han cruzado muchas veces en lugares tan diversos como París, Cali, Estambul y Toronto. Hemos caminado frente al Mediterráneo y el Caribe. Hemos compartido tazas de té en Saint Andrews y hallacas en Caracas.

Aquella noche atlántica iniciamos una amistad que ha superado todas las distancias. Compartimos el gusto por los viajes, la música y la literatura, aunque no en todas sus manifestaciones, la intolerancia al ruido y a la comida rápida. Aceptamos nuestras divergencias en política y justicia social y reconocimos las coincidencias que tuvo nuestra formación. Al final de la última película del vuelo acordamos cenar frente al Sena.

Ha habido momentos en nuestra relación en los que pensé que podía enamorarme de él, posibilidad desechada en la siguiente conversación. He conocido de sus relaciones y él de las mías. Hemos logrado comprendernos y apoyarnos la mayoría de las veces, lo que no puedo decir de casi ninguna otra persona en mi vida… incluso de los miembros de mi familia. Una amiga lo explica en forma particular: “ustedes se quieren tanto, que se entienden como desearían ser entendidos”. Puede ser cierto… para mí lo importante es que “es” y que por encima de la distancia física, que puede ser mucha, siempre me ha respondido a veces con horas al teléfono.

En una oportunidad manejé cerca de cuatro horas para encontrarnos en una pequeña ciudad frente al Caribe, me esperó para almorzar en un modesto local sobre un muelle de pescadores, pasamos casi toda la tarde juntos, cenamos, compartimos su habitación donde no dormimos y nos pusimos al día con dos años de no vernos. Mientras conducía de regreso disfruté la certeza de contar con una relación que pocos comprenden. Mi familia ha llegado a resentir su influencia distante sobre mis decisiones. Para muchas cosas importantes lo consulto y su opinión pesa en mi decisión… y mucho.

Una amiga siempre me advierte que no compare a los demás hombres con él, ese ha sido el único problema que reconozco de su influencia en mi vida… pero me pregunto si es en realidad inconveniente, no es un mal patrón, es uno difícil de alcanzar ciertamente, pero nunca he querido que mis relaciones lleguen tan alto, para eso lo tengo a él.

Recuerdo una vez que yo iba de vacaciones con familiares a Nueva York, cuatro días en que él estaría en esa ciudad, debo reconocer que lo hice coincidir, fue un asunto de programar el viaje de una cierta manera que a nadie molestó. Durante el día paseaba con mi familia, visitaba sitios turísticos, iba de compras, gozaba de esa ciudad multifacética y su variadísima fauna humana; al anochecer me encontraba con él, caminábamos por la ciudad nocturna, cenábamos, íbamos a algún espectáculo y disfrutábamos nuestra compañía.

Me pregunto si tendríamos tanto de que hablar si viviésemos en la misma ciudad… no lo sé, él opina que sí, que la vida es muy ancha y las experiencias que ofrece dan para compartir y comentar toda una vida y más. Quisiera que encontráramos compañeros para nuestras vidas, no sé cómo podría afectar eso nuestra relación, pero creo que es un ingrediente que nos hace falta, él está de acuerdo pero reconoce lo difícil que es compartir su vida de movimiento constante la cual no está dispuesto a cambiar, yo lo deseo pero no encuentro “la” persona. A veces es difícil reconocer el amor.

El encuentro más loco, en opinión de algunos, fue también en un avión. Yo volaba a Londres a hacer un curso, él regresaba a Bruselas desde Canadá y sin necesitarlo en nuestras rutas, nos encontramos en Nueva York, tomamos el mismo avión a París, y conectamos por tren a nuestros respectivos destinos. Estuvimos más de diez horas juntos. En ese avión recuerdo que le pregunté si creía que estaba enamorada de él, rió muy suavemente, tiene una risa hermosa, y me dijo que sí. Lo miré aterrada, lo que lo hizo reír de nuevo antes de explicarme que era inevitable que nos amáramos, pero que eso no significaba que deseáramos una relación diferente a la que teníamos… y terminó mirándome, a esa cortísima distancia que puede ser abrumadoramente incómoda, entre dos asientos en un Airbus, y dijo “¿o quieres?”. Esperó seriamente mi respuesta, que no pensé más de cinco segundos. Definitivamente no quiero algo distinto a lo que tengo con él, lo necesito tal y como es. Estuve segura, en aquella cabina, a veinte mil pies.

 

© derechos reservados. maru clavier. 2017


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