placeres cotidianos

Tengo un amigo que vive de uno de los negocios más bonitos del mundo, prepara postres para vender. Es una opinión personal, en la que considero tener toda la razón, y que no sé si él mismo entiende por completo. Vender dulces es algo así como repartir flores, entregar pedazos de alegría, se basa en esos placeres cotidianos que pueden pasar desapercibidos pero que hacen grato un momento, nos hacen sonreír, nos complacen… Además, por supuesto, de la deliciosa creación que significa cocinar, la cual requiere un toque artístico para lograr el punto exacto de textura, de sabor, de color, de olor… sin dejar de lado el cuidado en el método y la calidad. El es un artista, pero eso sí lo sabe.

 

He tenido el placer de acompañarlo. Imagino que debe sentirse como un comerciante cualquiera, entregando una mercancía y cobrando por ella. Un trabajo, una responsabilidad. No me refiero a distribución al mayor, donde el producto pasa a otro que está en el negocio también, me refiero a la venta directa al consumidor, ese que escoge el sabor que mas le gusta, que pregunta detalles, que sonríe anticipando el agrado, propio o del que vaya a recibirlo. Como yo no tenía nada que ver con la parte comercial, me dediqué a observar a la gente.

 

A media mañana, una señora compra un pedazo de pastel y se lo come de inmediato, no puede evitar hacer comentarios sobre lo sabroso que está.

Es una cliente regular, -me explicaba mi amigo después- a veces los lleva como postre para alguna comida, con frecuencia compra mas de uno. Muchas veces los prueba por lo menos… -lo hace ver como una travesura.

 

Un hombre joven pide tres postres, dice que son para sus hijos, escoge todos iguales, ‘para que no peleen’.  Sonríe con una cierta ternura complaciente.

 

La niña pregunta preocupada cuanto cuesta la tarta de manzana, no esta segura si tiene suficiente dinero. Su expresión de satisfacción cuando recibió el paquetito cuidadosamente envuelto, era eso, pura satisfacción.

 

Dos compañeras de trabajo compran varias cosas para la hora de almuerzo, evidentemente para ellas y otras personas. Bromean sobre aumentar de peso, sobre no arrepentirse de cometer ‘pecados pequeñitos’, sobre los gustos de cada cual.

 

Una pareja quería dos distintos para compartirlos, les costó decidirse, disfrutaron eligiendo, los probaron de inmediato, se alejaron murmurando entre cucharadas.

 

Una muchacha esboza una cansada sonrisa, debe haber tenido un día difícil en la oficina. Compró un pedazo de pastel de limón.

¿Llegará bien a casa?

Seguro, sólo trate de que no se sacuda demasiado, para que no se rompa. –explica el cuidadoso vendedor, atento a todo detalle.

Gracias –sonríe un poco mas, anticipando- A mi esposo le encantará.

Desde ese momento comenzaba a disfrutar, no voy a elaborar sobre lo que puede significar el que compre un postre para su esposo al final de una jornada de trabajo, quiero destacar el agrado que ella sentía, que se le notaba.

 

Trozos de alegría, placeres cotidianos.

 

© derechos reservados. mEc. 2009


3 comentarios sobre “placeres cotidianos

    Oso escribió:
    13 mayo 2009 en 2:33 pm

    Me trae gratos recuerdos de cuando me dedicaba a esos menesteres, y estaba menos estresadooooo.

      maru respondido:
      13 mayo 2009 en 2:44 pm

      ¡Te reconoces Oso de mi vida!
      Fueron tiempos distintos, si.

    porciones de alegría « Desván Gatero escribió:
    12 octubre 2016 en 6:33 am

    […] placeres cotidianos […]

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